Todo artista sufre por su arte. Vivir del arte es difícil,
aún cuando uno está teniendo éxito y recibiendo las oportunidades más
importantes de su carrera. Un escritor sufre con sus palabras y luego busca a
alguien que las admire. Un actor sufre al encontrar un personaje en su interior
y una bailarina sufre con las demandas físicas e interpretativas de su trabajo.
Si un artista sufre por su trabajo, ¿por qué se dedica al arte? Esta cinta de
Darren Arronofsky no pretende responder esa pregunta, sino más bien evaluar la
psicosis de una bailarina en su lucha por obtener la perfección cuando le dan
uno de los papeles más legendarios del mundo del baile: el Cisne Blanco y el
Cisne Negro en El Lago de los Cisnes. Un papel que requiere la bailarina
encuentre su lado blanco y su lado negro, y la búsqueda de este segundo lado es
más de lo que esta bailarina puede aguantar.
Nina Sayres (Natalie Portman, en el papel que le otorgó un
Óscar) es una bailarina en una compañía de ballet en Nueva York que lleva 4
años bailando y perfeccionando su técnica. La temporada está por abrir y el
director Thomas Leroy (Vincent Cassel) anuncia que abrirán la temporada con El
Lago de los Cisnes, pero que su versión será más visceral, más sensual, y él
busca a la bailarina que pueda bailar ambos papeles, el Cisne Blanco y el Cisne
Negro. Nina es perfecta para el Cisne Blanco, pero tiene tanto control de sí
misma que no se atreve a perderse en el papel del Cisne Negro. Aún así, Thomas
le da el papel y le otorga el reto de encontrar ese lado oscuro y seductor. El
viaje se vuelve aún más complicada con la aparición de Lily (Mila Kunis) una
bailarina de San Francisco que es más espontánea y segura de sí misma, perfecta
para el Cisne Negro y Nina empieza a temer que ella le quiere quitar el papel.
A través de esta búsqueda de su lado salvaje, Nina siente que está perdiendo el
control de su vida, e incluso su mente.
La película no es sutil y a veces esto le afecta, ya que
muchos de los diálogos se vuelven demasiado obvios. El guion quiere asegurarse
que el público entienda que Nina es perfecta para el Cisne Blanco y no para el
Negro, cosa que repiten una y otra vez. Los personajes no son tan complejos
como uno querría, ya que cada uno es definido por una característica muy clara.
Lo que ayuda a que estos diálogos no estorben a la película es que los actores
están tan comprometidos con sus personajes que sacan lo mejor de sí y aunque
pueden llegar a ser actuaciones más estilizadas, pertenecen a este mundo que
están creando. Esto es lo mejor que hemos visto de Natalie Portman, una actriz
que ha mostrado su lado sensual y su lado más controlado, en esta actuación
llega a lucir ambas. Nina es prácticamente una niña pasando por una adolescencia
tardía y Portman, una actriz que la audiencia ha conocida desde que ella misma
era niña, logra transmitir esa frialdad e inocencia de una niña apasionada que
simplemente quiere que todo le salga bien, en lo que lucha con este lado más
maduro que le dice que es hora de soltarse y bailar como si nada la estuviera manejando.
Como Lily, Mila Kunis exhibe esta confianza necesaria para
el Cisne Negro seductor. El reto que tiene Kunis es interpretar a un personaje
y la proyección de las fantasías aterrorizantes de nuestra protagonista, cosa
que Kunis logra hacer sin que se vea mucho esfuerzo. Le sale muy natural ambos
lados de su actuación. También destaca Barbara Hershey en el papel de la mamá
de Nina, una ex-bailarina que abandonó su carrera al tener a su hija y ahora
está dedicada a que su hija se mantenga perfecta, cosa que vuelve cada vez más
difícil con lo que su hija se está convirtiendo. Además de las actuaciones
destaca la dirección de Arronofsky, un director que es conocida por penetrar
los lados más oscuros del ser humano, en particular esos humanos que sacrifican
sus cuerpos para lo que hacen. Arronofsky nos enseña cada aspecto de la vida de
una bailarina, destacando en las escenas en los camerinos y en las que está
Nina sola en su cuarto, mirando su cuerpo, tratando de esconder moretones y
desgastes de la piel para poder seguir bailando. La fotografía de Matthew
Libatique balancea un look terrenal, como de película hecha en casa, con un
look que parece más surreal. Es increíble que Arronofsky y Libatique hayan
encontrado un balance tan perfecto que ni se nota cuando hacen la transición. También destaca la suculenta banda sonora que mezcla partituras originales de Clint Mansell con la música de Tchaikovsky para El Lago de los Cisnes (hay una razón por la que ese ballet es un clásico).
Sacar el lado oscuro de alguien no es algo fácil y esta
cinta nos muestra como una mujer sufre para encontrarlo a través de
alucinaciones, conversaciones francas acerca del erotismo (en una escena, el
director le pregunta directamente a otro bailarín acerca de Nina “en serio, ¿te
la cogerías?”). Es un viaje doloroso que acaba valiendo la pena para ver ese
baile del final, cuando esta mujer fría por fin descubre su lado oscuro y
acepta las consecuencias para poder bailar ese último baile y dejar esa obra
maestra en este mundo. Es el baile que ha querido bailar toda su vida y el
público acaba agotado, pero satisfecho. Esto es lo que hace un artista con su
arte. Sufre por él, se esfuerza para obtener lo que siempre quiso y luego se
esfuerza para sacar lo mejor de sí, sea escribir un libro, componer una
canción, actuar o bailar, lo que acaba valiendo la pena es el sentimiento de
que todo ese sufrimiento, todo ese esfuerzo lleva a algo hermoso, especial y
algunos dirían que hasta perfecto. 
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